El nombre de Carmen Natalia llegó a nuestros oídos cargado del prestigio que ganó por su verticalidad frente a la dictadura de Trujillo. Los grupos de poesía coreada escenificaban su Canto al soldado inminente, que así como Hay un país en el mundo, de Pedro Mir, era un grito de la poesía por la libertad.
Atrajo a toda nuestra generación que vivía una etapa de confrontación ideológica nacional e internacional, inédita en un país sometido por más de treinta años a una de las más férreas tiranías de nuestra América.
Ahora, después de pasadas varias décadas de su muerte, quizás sea una excelente oportunidad para valorar su poesía como tal y colocarla en su justo lugar como obra literaria. Después de agradecerle sus aportes y los sacrificios que la llevaron al exilio, hay que afrontar la valoración que sus textos ameritan.
Es poco lo que se ha dicho de su obra. Antonio Fernández Spencer no la incluyó en su libro publicado en España, Nueva poesía dominicana, y Manuel Rueda en su obra Dos siglos de literatura dominicana, sólo se refiere a su labor patriótica reseñando que su poema Llanto sin término por el hijo nunca llegado mereció un premio en el Ateneo de Puerto Rico y que estuvo influenciada por Gabriela Mistral.
Aída Cartagena Portalatín, que compartió con ella la primacía entre las poetas de la época, la valoró tanto como escritora, que una vez, estando en la Biblioteca Nacional me dijo, que en términos de calidad poética, ella fue al siglo XX lo que Salomé Ureña al siglo XIX.
Diferí de Aída, a quien en realidad sitúo como nuestra escritora esencial del siglo anterior. Pero como la valoración literaria no es como el béisbol, que se puede medir por jonrones, juegos ganados o perdidos y por otros aspectos estadísticos, lo que tenemos que hacer, y sobre todo los dotados para la reflexión crítica, es estudiar su obra y plasmar en esos estudios los hallazgos estéticos que independientemente del contenido de la obra, perduran en el tiempo.
No recomiendo ninguna escuela. Ni el formalismo ruso, ni la poética, ni la sociología de la literatura, ni el estructuralismo en cualquiera de sus vertientes, ni la crítica impresionista en forma unilateral, han podido aprehender la esencia de la obra artística plenamente. Todo parece indicar que nos aproximamos a tomar lo mejor de cada escuela crítica para poder estimar adecuadamente una obra literaria.
Espero que con Carmen Natalia, se den las condiciones para un estudio lo más amplio posible de su obra y de sus aportes, no sólo a la lucha por la dignidad, el decoro y la libertad, sino también al enriquecimiento de nuestra literatura. Los reconocimientos por su vida deben ir paralelos a la valoración crítica de su obra, desde el ámbito de la literatura, sin evasivas y con rigor.