SANTO DOMINGO.- Conocí un neuyorkino que, aunque nunca supo en su país cómo nacían los pollitos, estableció una granja en una comunidad rural en Monte Plata, y otro joven de San Francisco, California, que, aunque vivió toda su vida en un apartamento y únicamente sabía que el agua venía de algo que llamaban acueducto, se dedicó a hacer pozos para pequeños acueductos en comunidades del suroeste.
Eran miembros del Cuerpo de Paz, todos muy jóvenes, que venían desde diferentes lugares de Estados Unidos para trabajar en los sitios más pobres del país.
Los primeros miembros del Cuerpo de Paz que conocí, hace 45 años, daban la sensación de ser personas con propósitos personales muy peculiares y con motivaciones que nos resultaban extrañas. Nos extrañaba que abandonaban condiciones de vida envidiables para vivir horriblemente. Pero todavía era menos comprensible, para quienes los observábamos su labor en el país, que parecían disfrutarlo.
La dictadura de Rafael Trujillo había lacerado mucho a los dominicanos y por se desconfiaba de todo el que proponía ayudarnos desinteresadamente, además de que la propaganda contra Estados Unidos y sus objetivos eran muy fuertes.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que muchos de ellos vinieron convencidos de que podían hacernos cambiar nuestra forma de vida y facilitar nuestro desarrollo, pero también, sin duda alguna, a muchos le hicimos cambiar su percepción del mundo.
He conocido y tratado a uno de esos primeros aventureros que se quedó aquí, casado con una dominicana y cada vez que hemos tenido tiempo nos ponemos a recordar y a buscarle una explicación a aquel comportamiento y la decisión que tomaron.
Vinieron con un espíritu de misioneros. Se integraron realmente a la sociedad dominicana y muchos, como este amigo que está dedicado a la producción agropecuaria, hasta se casaron con dominicanas, uno que otro se quedó en el país o retornó a la República Dominicana como funcionario de su país en otras misiones.
Los primeros
Los primeros que encontré entre campesinos y en barrios pobres de Santo Domingo hacían las cosas entrega y pasión. En la creación del Cuerpo de Paz, una idea que el presidente John Kennedy dio a conocer el primero de marzo de 1961, coincidió con un período histórico de muchas convulsiones para el mundo y entre los dominicanos. Terminaba entre nosotros la dictadura de Rafael Trujillo y Fidel Castro afianzaba su régimen en Cuba tras derrocar al dictador Fulgencio Batista y se declaraba comunista.
Todo esto se juntó con la crisis de Berlín que concluyó con el levantamiento del famoso muro, la invasión de bahía de Cochinos, la crisis de los cohetes, el masivo exilio cubano y el recrudecimiento de la llamada Guerra Fría.
Fueron demasiados sucesos que trascendían las fronteras y dejaban sus huellas en todas las naciones y personas.
En ese período, en opinión de mucha gente, todos los individuos debíamos tener una militancia y tomar partido en uno de los bandos en que se dividía el mundo.
A la izquierda se la veía como partidaria del imperio de la Unión Soviética y a la derecha se veía atraída por el imperio de Estados Unidos. Parecía simple, pero no era suficiente para algunos que pensábamos en otro camino, aunque éramos los menos. Esto, sin embargo, no nos libraba de juzgar y que nos juzgaran.
En el campo
Lo que más impresionaba de los muchachos del Cuerpo de Paz era la forma decidida con que se acercaban a las comunidades y hacían amistad rápidamente. Se disponían a vivir en iguales condiciones que los dominicanos. Muchas veces en situaciones muy inseguras en lo personal y para la salud, pero eso no parecía importarles.
Pronto estaban promoviendo reuniones para analizar los problemas, emprender proyectos en común, organizando por tanto a las comunidades y sacando conclusiones que muchas veces molestaban a las autoridades que los comenzaron a ver como comunistas mientras los grupos de izquierdo los veían como miembros de la CIA (Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos).
En ocasiones confundía a la población cuando tomaban actitudes y posiciones contrarias a los intereses de las empresas de su país.
Muchos de estos jóvenes aprendieron de nosotros la rebeldía contra el “stablishment”, comenzaron a escribir a sus congresistas para exponerles situaciones locales con los se sentían molestos y llegaron a compenetrarse tanto con los problemas de las sociedades donde vivieron que provocaron minirevoluciones.
No pocos de ellos fueron luego señalados por autoridades como “gringos metiches”.
Por suerte, esos prejuicios hoy día han desaparecido o cuando menos no son tan agudos y hasta una calle de la capital tiene el nombre de Cuerpo de Paz.
El negro bembón
La mayor parte de los miembros del Cuerpo de Paz eran blancos, como entendíamos los dominicanos que era la mayor parte de los “gringos”. Algunos tenían apellidos latinos, pero de todas maneras eran blancos y hablaban inglés únicamente.
Pero desde finales de la década de 1960, comenzaron a llegar algunos negros. Así fue el caso de un joven negro del Cuerpo de Paz que trabajaba en la zona de Loma de Cabrera, una comunidad que se había empobrecido luego del cierre de los aserraderos. Su trabajo era la zona rural y por tanto pasaba mucho tiempo en las montañas.
Comenzó a proponer a los campesinos organizarse para hacer obras para la comunidad. A las organizaciones les sugería hacer trabajos sociales y a construir escuelas.
Esto llamó la atención de un policía local que lo tildó de comunista. En una oportunidad hubo un fuego forestal y los militares quisieron obligarlo a que se integrara a las brigadas para apagarlo. Él alegó que desconocía ese oficio que consideró arriesgado.
Esta “desobediencia a la autoridad” fue confirmación de las “sospechas”. El arresto, naturalmente, se hizo como “mandaban las reglas” de la época. El agente que portaba una metralleta Cristóbal llegó bien temprano en la mañana hasta el pobladito donde residía este “comunista” y lo levantó de la cama todavía “con la fresca” del alba, lo “arreó por delante” como ganado y se lo llevó al cuartel dándole empellones y culatazos.
El pobre gringo negro no entendía lo que ocurría y mucho menos que el agente lo tildara de “comunista”.
Cuando el joven le decía su nombre y le advertía que era estadounidense y miembro del Cuerpo de Paz, el policía se burlaba de él diciéndole que nunca había visto a un “gringo negro bembón”.
El asunto finalmente se aclaró y por suerte al joven del Cuerpo de Paz no le pasó nada más grave, pero el asunto no pasó inadvertido y fue publicado en diarios nacionales.
En 1975 Cuco Valois sacó su famoso merengue No Me Empuje, que inmortalizó la escena del arresto del “gringo negro”, miembro del Cuerpo de Paz. Luego del desastroso incidente el “gringo” volvió al pueblo a seguir su trabajo y no le cogió miedo a “la autoridad”.
EL PRIMER GRUPO
El primer grupo comenzó a llegar desde mediados de julio hasta agosto de 1962, pero fue un año más tarde cuando me encontré con el primero en un campo de La Vega. Pensé que era el propietario de una pequeña porqueriza en la que trabajaba con otras personas haciéndole reparaciones. Lo hacía con tanto interés y sin detenerse un momento que no pude menos que pensar que era el dueño de ese chiquero de troncos viejos, retorcidos y techado de yaguas.
Era alto, muy blanco y de pelo castaño oscuro. Parecía un cibaeño. Casi no conversó cuando llegué. Pensé que era la reticencia natural que tenían los campesinos frente a los extraños en esos tiempos.
Luego, conversando descubrí que era un visitante y que pertenecía al Cuerpo de Paz. Fue cuando percibí que efectivamente no tenía la piel tan curtida como la tendría un cibaeño por muy blanco que fuera.
El muchacho blanco, estaba enrojecido por el calor y el sol de la mañana que comenzaba a calentar. Sudaba a borbotones y tenía el lodo negro maloliente en las botas, los pantalones, los brazos, la camiseta y la cara.
Cuando trajeron agua en un “cantarita” de higüero tomó como si estuviera acostumbrado a hacerlo. Lo hizo como mucho más confianza de la que hubiera tenido yo.
Hoy día es fácil imaginar el trabajo en la zona rural, pero en aquella época sin teléfonos de ningún tipo, sin acueductos y sin vehículos, con escasas carreteras o caminos, muchos quedaban realmente aislados. En el Sur y el Suroeste vivían en ranchos de tejamaní techados de yaguas. En aquellos años muy pocas viviendas rurales o urbanas tenían electricidad o paredes de concreto.
Pude conseguir los nombres del primer grupo. Él estaba entre ellos:
Estos primeros fueron Bennie Barela, quien ahora reside en Las Cruces, Nuevo México; Eduard Brand, ahora en Atlanta; Don Close, en Whithall, Pensivalnia; Mike Dillon, en Fair Oaks, California; Charle De Bose, en Berkley, California. También Marion Ford, en Cochabamba, Bolivia; Jon Fosdik, en Maryland; John Geistweidt, en Texas; Vern Guilliams, en Wisconsin; Nathan Withan, en Alemania; Bob Williams, en Virginia; Jess Stone, en Misouri; Wes Steward, en Virginia; Joe da Rosa, en San Diego, California; Levi Hillman Phillips, en Arabia Saudita; Dale Martin, en Los Ángeles; Chuck Loughran, en California; Bernie Isaacson, en Nueva York, y John Greenough, en Seatle. Jerry Dupuy se quedó en la República Dominicana, donde se casó y tiene familia. También estuvo en ese grupo Harvey Hartley, quien ya murió.
No se olvida
Andrés Hernández fue el primer director local del Cuerpo de Paz. Vivió las dificultades de esos primeros años tras la caída de la dictadura y soportó todos los insultos que le hacían, sobre todo los grupos de izquierda. Pero Andy, como le llaman sus ex compañeros, no olvidó este país. Ahora retirado, hizo una fundación junto a ese primer grupo, la que todos los años dona recursos a instituciones de servicio.
Ese fue uno de esos gringos a los que los dominicanos le hicimos cambiar.